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El combate de Cabo de Palos 1938

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De la Revista de Historia Naval

 

EL COMBATE DE CABO DE PALOS (6 DE MARZO DE 1938). EL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO BALEARES

 

Resumen:

 Este año 2018 se conmemora el octogésimo aniversario del combate de Cabo de Palos, donde la Flota republicana obtuvo su mayor victoria en la Guerra Civil y la nacional sufrió su única derrota. Para entonces, la Marina de la República había mejorado notablemente su eficiencia, como había quedado demostrado en el combate de Cabo Cherchel; no obstante, aún estaba lejos de la de la nacional. El combate de Palos fue un encuentro casual, y el éxito republicano se debió al exceso de confianza de los nacionales más que a la pericia propia. Pese a ello, la escuadra de la República supo actuar correctamente tras el combate, al igual que la nacional.

 

Jorge PEÑALVA ACEDO Licenciado en Historia

 

Situación y fuerzas enfrentadas

En 1938, la inactividad de la Flota republicana, cuyo único cometido era escoltar a los buques que arribaban a sus puertos, contrastaba con la actividad de la nacionalista, que no se limitaba a escoltar convoyes sino que además combatía en inferioridad numérica con su antagonista. Ello llevó al alto mando de la Marina de la República a confeccionar un plan para elevar la moral de las dotaciones y, a la vez, asestar un duro golpe al enemigo. quizá extrañe el orden de prelación de los objetivos pero, a tenor de la magnitud de la operación proyectada y de la escasa preparación de la flota para su ejecución, llegar a cumplir el objetivo de asestar un duro golpe al enemigo era más que improbable. La operación proyectada por el mando republicano consistía en que tres de las lanchas rápidas torpederas de origen soviético (las núm. 11, 21 y 31) atacasen a los cruceros nacionales fondeados en Palma. Las lanchas partieron de su base de Portman el 5 de marzo y, al anochecer, se encontraron con la 1.ª Flotilla republicana de Destructores, a 14 millas del puerto de Alicante, para a continuación dirigirse a Formentera a repostar. Finalmente, estaba previsto que se dirigiesen a la bahía de Palma para atacar a los cruceros allí fondeados. Como se puede advertir, resultaba harto improbable que la proyectada operación se viese coronada por el éxito, encomendada como estaba a unas dotaciones, las de las lanchas, que carecían de arrojo y de preparación alguna para este tipo de misión, como se verá más abajo. Las fuerzas navales designadas para llevar a cabo la operación ―aparte de las lanchas ya mencionadas, que en último término no participaron en acción alguna― eran:

La 1.ª Flotilla de Destructores, al mando del teniente de navío Sánchez Barreiro, compuesta por las siguientes unidades:

 • el Jorge Juan(TN Ignacio Figueras)

 • el Escaño(TN Luis Núñez de Castro)

 • el Ulloa(TN Diego Marón Jordán) y

 • el Almirante Valdés (TN [habilitado] Juan B. Oyarzábal Oruete).

Como apoyo se contaba con el grueso de la Flota republicana, al mando del almirante González Ubieta, compuesta por ―el crucero Libertad, del mando del teniente de navío Eduardo Armada Sabau; ―el de igual clase Méndez Núñez, mandado por el teniente de navío Pedro Prado Mendizábal; ―la 2.ª Flotilla de Destructores, con el teniente de navío Fernando Oliva Llamusí al frente e integrada por:

 • el Sánchez Barcáiztegui(TN álvaro Calderón Martínez)

 • el Lepanto(TN David Gasca Aznar)

 • el Almirante Antequera(TN Ricardo Noval Ruiz)

 • el Gravina(TN José Luis Barbastro Jiménez)

 • el Lazaga(TN Ramón Guitar de Virto).

 Estos buques de apoyo se situarían al nordeste de Cabo de Palos, hasta reunirse con la 1.ª Flotilla a su vuelta de Formentera. En la madrugada del día 5, contando con los partes meteorológicos favorables y tras haber sido detectados en su fondeadero los cruceros nacionales, se decidió iniciar la operación. A las 15.38 salió de Cartagena la 1.ª Flotilla, para hacer lo propio treinta y dos minutos más tarde el resto de la flota. No había pasado ni una hora desde su partida, cuando al almirante González Ubieta se le comunicó el regreso de las lanchas a Portman por encontrar mucha mar para ellas… Alonso González manifiesta que el oficial soviético al mando de las mismas «no se atrevió a realizar la operación, por lo que la hizo fracasar. El almirante Ubieta pidió su destitución por lo sucedido». Al mismo tiempo, la División Nacional de Cruceros del contralmirante Vierna, compuesta por las unidades Baleares(CN Isidro Fontenla Maristany), Canarias, (CN Rafael Estrada Arnaiz), Almirante Cervera (CN Ramón Agacino Armas), contactaba con un convoy compuesto por los mercantes Umbe Mendi y Aizkori Mendi, escoltados por los cañoneros Canalejas y Cánovas, que regresaron a Palma.

El combate

La flota republicana, a pesar de no contar ya con el concurso de las lanchas torpederas, sigue con la operación, a 20 nudos (según la Orden de Operaciones 142-C, la cual indicaba rumbos, horarios y formaciones prefijadas), para a las 00.45 arrumbar al 256º hacia Cartagena y a las 07.00 reunirse con la 1.ª Flotilla de Destructores y entrar en la base de Cartagena. La operación se lleva a cabo con normalidad cuando, a las 00.38 y rumbo 65º, se contacta visualmente con la División Nacional de Cruceros, que viene de vuelta encontrada por la amura de babor y a una distancia de 2.000 metros. El contacto de la división con las naves republicanas es, al parecer, a las 00.40. En ese momento, el Baleares cae a babor, justo cuando desde el puesto A del Canarias se observa la presencia de la flota republicana, aumentando la velocidad de los cruceros a 22 nudos, cayendo al 210º y pasando por la popa del grueso republicano.

A las 00.41, el Sánchez Barcáiztegui dispara tres torpedos sobre el Cervera, sin éxito. El encuentro ha sido rápido, tanto que hasta las 00.44 en las unidades republicanas no se ordena «cada uno a su puesto y preparados para lanzar torpedos».

En ninguna de las formaciones se esperaba el encuentro. La flota republicana contaba con un parte de su aviación indicativo de que apenas veinticuatro horas antes los cruceros estaban fondeados en su base de Palma, y los nacionales, pese a tener un buen servicio de información en Cartagena, desconocían la salida de la flota enemiga. Además, la aviación nacional no había efectuado ningún reconocimiento aéreo, debido a la descoordinación existente entre la Flota y la Aviación Legionaria estacionada en Palma ―mejor dicho: a la nula colaboración de esta última, que obedecía órdenes directas de Roma. Apenas producido el encuentro, Ubieta cambia de rumbo a las 00.45, cayendo al 155º. La División de Cruceros pierde el contacto con la flota enemiga a las 00.55, iniciando a continuación una serie de inversiones de rumbo para no alejarse de los mercantes que escoltaba. A las 01.15 Ubieta busca el rumbo 256º, directo a su base, ya que la flota republicana ha cumplido con su misión: entablar «combate con el enemigo en caso de encontrarlo». Igualmente, los buques de Vierna caen al 220º a la 01.20. Por parte de los nacionales, el contralmirante Vierna creyó que lo más conveniente sería escoltar a los mercantes y evitar el combate nocturno, sabedor de la presencia de destructores entre las unidades enemigas. O quizá supuso que la flota republicana, tras el encuentro, había puesto de inmediato rumbo a Cartagena y no se imaginaba que iba tardar media hora en hacerlo.

A las 02.00, Vierna invirtió la marcha para, quince minutos después, volver al rumbo original. Mientras efectúa estas maniobras, se comunica con los demás cruceros por scott. Estas señales fueron vistas desde la flota republicana a las 02.13, de modo que a las 02.14 el jefe de la 2.ª Flotilla de Destructores recibe orden de iniciar el ataque. Apenas un minuto más tarde, las dos flotas entraban en contacto de nuevo, yendo de vuelta encontrada. La distancia entre ambas era de aproximadamente 2.000 metros.

El Baleares es el primero en abrir fuego, y lo hace con proyectiles iluminantes, para situar correctamente a la escuadra enemiga y poder atacarla con la artillería. El Libertad responde, sin resultado, sumándose al combate los destructores, que lanzan sucesivamente sus torpedos: a las 02.17, seis el Sánchez Barcáiztegui; a las 02.18, cinco el Antequeray, finalmente, a las 02.19, tres el Lepanto. Un minuto después del último lanzamiento, desde el Libertad se vio al Baleares «volar en medio de una gran llamarada de la que se aprecia una altura de 1.200 metros por haber sido alcanzado por los torpedos».

El Lepanto había dado en el blanco. La explicación de por qué se identifica a este como artífice del hundimiento es la siguiente: «… como los lanzamientos nocturnos se hacen presurosamente y con la máxima velocidad del torpedo ―42 nudos para el de 533 mm― los tiempos de impacto que han de transcurrir están comprendidos entre 1 y 1’2 (sic) minutos, (...) y entre las 2 horas 21 minutos y las 2 horas 21’2 (sic) minutos, si quien logra el impacto es el Lepanto». Los hermanos Moreno difieren de esa apreciación e indican que los tres destructores, «al estar situados entre las dos líneas de cruceros, por lo tanto a barlofuego, dispararon sus torpedos (…) Probablemente fueron los lanzados por el Sánchez Barcáiztegui, que tácticamente, ocupaba la posición más favorable, los que acertaron en el Baleares».

En ninguna formación se daba crédito a lo sucedido. Ubieta manda suspender el fuego y prosigue con el mismo rumbo y velocidad, mientras Rafael Estrada, comandante del Canarias―que asume el mando de la División de Cruceros―, empieza a poner orden en sus filas, identificando al Cervera. Ante el avistamiento de unas sombras, efectúa inversiones de rumbo hasta que a las 02.42 se dirige en demanda del convoy, al que da escolta por temor a un ataque, con la intención de regresar, cuando este ya estuviese a salvo, en ayuda de su gemelo.

Mientras ambas flotas abandonan el lugar, dos destructores británicos, el Boreasy el Kempenfelt, ven los proyectiles iluminantes y la explosión, así que se dirigen al lugar del combate a toda máquina. A las 03.50 tienen ante sus ojos el crucero en llamas y a las 04.25 pueden ya ver a los hombres del Baleares en el agua. A partir de ese momento se inicia una operación de rescate tan audaz como arriesgada, en el curso de la cual el Kempenfelt llega a abarloarse al Baleares, maniobra de la que tuvo que desistir cuando el crucero empezó a hundirse. En total, se rescataron 469 hombres. El proyectado auxilio del Canarias fue en vano, pues el Baleares desapareció a las 05.08, arrastrando consigo a 788 hombres, «un contralmirante, un capitán de navío, un capitán de fragata, cuatro capitanes de corbeta, 30 oficiales, 62 suboficiales, 32 cabos y 657 hombres de marinería, infantería de marina, maestranza, etc.», en lo que sin duda constituye el mayor desastre humano acaecido a un buque en la historia de la Marina española ―téngase en cuenta que en esta acción murieron más hombres que en todas las operaciones navales de la guerra de 1898.

A las 07.20 reaparecen los cruceros nacionales, iniciándose el traslado de los heridos. El Canarias permanece con las máquinas en marcha y no arría ningún bote, en previsión de un ataque que efectivamente llega a las 08.58, cuando una formación de nueve Tupolev SB-2 Katiuska bombardea los buques, acción cuya peor parte se llevó el Boreas, donde hubo un muerto y cuatro heridos. Triste y duro tributo para una acción tan desinteresada.

Análisis y consecuencias.

 Después del combate, en las filas republicanas ―y, dentro de estas, especialmente los soviéticos― se criticó al almirante Ubieta por no ir a cazar al resto de la flota nacional. Ubieta adujo en su defensa que ordenó el cese del fuego por la pérdida del contacto con la División de cruceros, debido a que el encuentro fue de vuelta encontrada y «se sumaron las velocidades» ―la velocidad relativa era de 42 nudos―, perdiéndose de vista ambas formaciones en muy poco tiempo ―aproximadamente diecisiete minutos―. Además, los destructores habían lanzado quince de sus treinta torpedos y «un combate de noche, además de ser completamente casual, no puede ni debe tener nunca una segunda parte. Tenemos un ejemplo clarísimo: los ataques de los destructores ingleses a la Flota de Alta Mar alemana en la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1916 (después de la batalla de Jutlandia). Las dos flotillas inglesas se encontraron casualmente con la flota alemana y la fueron atacando a medida que cada una se encontraba con ella, pero ninguna volvió a repetir el ataque, lo que fácilmente se comprende, dado que se exponían a encontrarse de noche con otra flotilla propia de las que venía detrás, y expuestas, por consiguiente, a confundirlas con el enemigo». Por otro lado, la formación de los destructores se había alterado para que pudieran sumarse al combate artillero, por lo que la adopción de la formación de ataque se habría demorado a causa de la oscuridad, del temor a utilizar la onda corta para no ser detectados y, por supuesto, de la falta de preparación de las dotaciones de los destructores para efectuar la maniobra. Tan solo dos de estos mantenían intacta su dotación de torpedos, el Gravinay el Lazaga, por lo que sería más útil mantenerlos como escolta de los cruceros que arriesgarlos en un combate que Ubieta presagiaba conducía a «una destrucción segura».

Las críticas soviéticas vienen por parte de Kuznetsov y Piterskii, que censuran al almirante republicano haber rehuido el combate con el resto de la División de Cruceros. Piterskii llegó a coger a Ubieta por los hombros mientras gritaba «¡fuego, fuego!», pero este se desasió y le repuso: «es bastante». Estas críticas de los soviéticos son en parte fruto de su poca preparación y su desconocimiento y de los recelos que les suscitaba el Cuerpo General, a cuyos miembros consideraban «derrotistas», cuando no «fascistas». Kuznetsov llegó a tildar a Ubieta de arribista y a acusarle de eludir el combate y de ser un «reaccionario que se encubría temporalmente con el ropaje republicano». El mismo comisario de la Flota, Bruno Alonso, embarcado en el Libertad, instó a Ubieta a perseguir a la flota enemiga «con el propósito de hundirla o dejarla fuera de combate. Así se lo expresé al almirante Ubieta, diciéndole “Don Luis: ¡a por ellos, que son nuestros!”». Solo Benavides apoyó la decisión de Ubieta y, a la vez que aporta nuevos datos, fiel a su estilo manifiesta que la respuesta de Ubieta a Alonso fue: «“¿Está usted loco? ¿quiere que estropeemos la victoria con alguna desgracia?” (…) Seguramente Ubieta (…) debió sentir el deseo de arrojarlo al agua. (…) La persecución del enemigo no era posible porque el Libertad se quedó en las salvas con tres calderas; los tapones de los tubos saltaron con los disparos. (…) Pero además, de vuelta a Cartagena, descubrióse que el crucero Méndez Núñez(…) traía los cañones en posición de trinca, es decir, sin moverlos y con el alza a cero, o sea, que no había intentado disparar».

Se ha comentado el hecho de que la flota republicana desconocía la presencia del convoy. De no haber sido así, ¿deberían los buques leales haberse lanzado a su caza? Probablemente no, porque el contacto con el convoy habría sido bastante complicado, toda vez que, como más arriba se ha visto, había que cambiar la formación de las naves. Además, un ataque de este estilo habría resultado una temeridad porque, en cualquier maniobra, la flota de Ubieta se podía haber encontrado entre los cruceros nacionales y la costa africana, con consecuencias inimaginables, sobre todo tras haber gastado la mitad de sus torpedos.

El Méndez Núñez ya demostró carencias en Cherchel, donde fue incapaz de realizar un solo disparo debido a problemas eléctricos.

En el bando nacional se pecó de excesiva confianza, con el agravante de contar con unas dotaciones hastiadas (y potencialmente combativas) por la monotonía de este tipo de misiones, la casi inexistente cooperación con la Aviación Legionaria ―los reconocimientos tan solo se efectuaban «¡cuando no podían hacer otra cosa!»― y la falta de escolta por parte de los destructores de procedencia italiana, por lo común averiados, que habrían proporcionado mayor libertad a los cruceros en el caso de un combate como el que se produjo. Más arriba se ha indicado que se desconocía la salida de la flota republicana, si bien es cierto que se tenían indicios de que estaba en ciernes una operación de estas características, merced a un artículo publicado en el órgano de aquella, La Armada, que rezaba: «La Flota se apresta a salir en busca del enemigo», y a una nota informativa del Servicio de Información Naval que alertaba de una eventual acción sobre los cruceros, acción que fue considerada posible por el almirante Cervera pero que Burgos desestimó.

 Se ha criticado el excesivo uso de los iluminantes por parte de la División de Cruceros, aunque esta profusión estaba apoyada en la preceptiva de la época. El mismo Ubieta manifiesta que a sus cruceros «es muy necesario el proporcionárselas [las bengalas]». Sin embargo, el teniente de navío Manuel Cervera, oficial superviviente más antiguo, manifiesta en el informe sobre las causas de la pérdida del Balearesque el uso de bengalas debe restringirse «[a] bombardeos de objetivos fijos y conocidos o [a] iluminar blancos perfectamente situados, pero nunca sin esta certeza, pues puede servir para que un enemigo en situación opuesta a la que se supone reconozca y descubra perfectamente al que dispara el luminoso».

 Es imposible saber si en el puente del Baleares se había identificado el blanco, pero probablemente el uso de iluminantes fue un grave error, ya que la visibilidad era bastante buena aquella noche y la División de Cruceros estaba suficientemente preparada para efectuar disparos nocturnos de una forma efectiva, como hizo el Libertad con mucha menor preparación. Señala el mismo oficial también como un error la excesiva precaución a la hora de disparar, ya que no se podía hacer «sin orden expresa del puente», añadiendo que «con una perfecta información que deben tener los buques en operaciones de la situación de las fuerzas propias, no cabe duda que todo buque apagado en la costa roja ha de ser enemigo.

Por último, cabe resaltar otro error de entre los que condujeron a la pérdida del Baleares: el abuso de las señales de los telégrafos luminosos o scotts omnidireccionales. No olvidemos que estas señales fueron vistas por la flota republicana a las 02.13; que un minuto más tarde se dio la orden de ataque; que a las 02.15 el Baleares efectuó su fatal andanada iluminante y, finalmente, que los destructores lanzaron sus torpedos entre las 02.17 y las 02.19, con el resultado ya conocido.

La conclusión es que la División de Cruceros cometió más errores que su contrario, no solo por considerar una escolta como algo rutinario ―el almirante Moreno no embarcó, por considerar la operación secundaria―, sino también por carecer de información teniendo todos los medios para evitarlo, abusar de la señalización luminosa y, finalmente, delatarse el Baleares al utilizar sus proyectiles iluminantes.

A pesar de la pérdida de un tercio de su potencial, la Flota nacional no cambió su actitud, continuando su dominio del mar ―no en vano el Canarias era conocido como el «Emperador del Mar», y el Cervera, como el «Chulo del Cantábrico»― y sustituyendo en la División de Cruceros al Baleares por el recién reformado Navarra.

Por parte republicana, la operación proyectada era de muy difícil ejecución, pensada solo con el fin de elevar la moral; pero, al saber aprovechar los medios disponibles de una forma eficiente, además de contar con la «colaboración» del adversario, Ubieta consiguió un resultado mucho mayor del que hubiera cabido suponer. Sin embargo, la Flota leal no supo aprovechar el éxito para romper el dominio enemigo, y eso la condujo finalmente a la derrota.

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